Terapias, tratamientos y medicinas: ¿Cómo sabemos que funcionan?

por | 8 noviembre, 2011

Cuando se discute acerca de la validez de la medicina alternativa o complementaria (MAC), siempre aparecen personas que presentan como evidencia irrefutable el hecho de que haya casos más o menos documentados donde la medicina convencional falló (ya sea que no daba resultado o los médicos concluyeron oficialmente que no había esperanza de curación), mientras que ese mismo paciente al someterse a algún tratamiento alternativo (homeopatía, Reiki, acupuntura, o cualquiera similar de la MAC) sí logró una curación efectiva. ¿Su conclusión? “La medicina y los tratamientos alternativos sí funcionan”.

Otro argumento usual de los promotores y adherentes a las MAC en respuesta al hecho que las MAC no funcionan cuando se someten a estudios bajo criterios “científicos”, es entonces que sus promotores indican que tales criterios de prueba están bien para la medicina convencional, pero que no son aplicables para la medicina alternativa. ¿Su conclusión? “Tales estudios no demuestran que las MAC no funcionen”. Y sumado al primer argumento, para ellos las MAC sí funcionan.

¿Es todo lo anterior correcto? ¿Funcionan? ¿Es imposible o ilógico probar las MAC con los mismos criterios que la medicina convencional?


En este artículo se analizará cómo es que podemos saber cuándo y por qué una terapia, tratamiento o medicamento sí funciona. Al terminar este artículo, entenderá porque los argumentos presentados al principio de este artículo no son convincentes desde un punto de vista escéptico, racional y científico.


Enfermedad y sanación


Tener salud o estar sano implica no tener ningún dolor, malestar, incomodidad, limitación o problema físico que impida realizar actividades normales de nuestra vida diaria, y en especial no tener ningún problema que pueda incapacitarnos o llevarnos a la muerte.

Pero la enfermedad y la muerte son parte del ciclo natural de la vida. Una persona puede estar perfectamente sana hoy, y mañana un órgano o sistema de su cuerpo puede fallar afectando su salud y enfermándolo. Las causas de esa falla pueden ser tan variadas como:

  • Desgaste natural o vejez.
  • Causas externas biológicas, como una la infección viral, baterial o priónica.
  • Causas externas químicas, como la intoxicación por metales pesados, toxinas o por consumir alimentos en mal estado.
  • Alteraciones genéticas congénitas que desencadenen la enfermedad.
  • Mutaciones genéticas que provoquen cáncer u otra alteración a nivel celular.
  • Accidentes o traumas físicos que provoquen mal funcionamiento temporal o permanente de las funciones corporales.

En cualquiera de estos escenarios, la afección puede ser algo tan simple como la presbicia o algo tan complejo como el alzheimer o la esclerosis múltiple, enfermedades que van degenerando al sistema nervioso central y acabando con la vida del paciente.

¿Qué se puede hacer para remediar esas afecciones? Dependiendo de la causa de la enfermedad, un paciente podría sanar por diferentes razones internas al propio enfermo, tales como:
  • Que el sistema excretor de su organismo logre hacerse cargo de las toxinas o material tóxico, eliminándolo y re-estableciendo los niveles bioquímicos normales.
  • Que el sistema inmune logre hacer frente y acabar con los agentes patógenos que causan la enfermedad, cualquiera sea su origen.
  • Que el propio cuerpo del enfermo logre reparar o compensar los sistemas defectuosos y que por ende recupere la salud.

Pero la recuperación también podría deberse a algún factor externo al enfermo, tal como:

  • Recuperación por ingerir un alimento que contenga un agente curativo.
  • Recuperación por consumir un medicamento o recibir un tratamiento médico convencional.
  • Recuperación por consumir un medicamento o recibir un tratamiento médico alternativo.
  • La acción de algún agente sobrenatural que realice un milagro sobre el enfermo.
  • La acción de la mente sobre la materia, la energía positiva, la oración o la fe en la curación.
  • Recuperación por simple remisión espontánea.

En cada caso, en cada enfermedad, en cada situación y en cada paciente una o más de estas posibilidades podría ser la causante de la recuperación del enfermo. Al ser esto así, ¿Cómo se puede determinar cuál de todas las causas es la realmente responsable de la recuperación? ¿Fue el pensamiento positivo? ¿La intervención divina? ¿El medicamento convencional? ¿El alternativo? ¿Otra causa?


Dicho de otra manera ¿Hay una manera confiable de saber qué es lo que concretamente llevó a la curación del paciente?


Y aquí ocurre una paradoja: la respuesta es simplemente, NO. No hay forma de saber exactamente que es lo que causó en definitiva la recuperación de un paciente en particular. Se puede sospechar, intuir, pero no asegurar tajantemente, porque en realidad lo que sanó a la persona puede ser cualquier otra cosa, menos lo que se piensa que fue el verdadero “tratamiento”.


Entonces, ¿Cómo podemos saber si un tratamiento, medicina, oración o lo que sea realmente funciona?


Una forma de saberlo es usar el siguiente criterio: si algo realmente funciona en restablecer la salud de un enfermo, entonces si se aplica esa terapia a un grupo grande de personas con el mismo tipo de afección, dicha terapia causará que más personas sanen en comparación a aplicar una alternativa menos efectiva y, especialmente, sanarán más personas que si no se aplicara ningún tipo de tratamiento, pues debe recordarse que siempre sanarán personas aún sin hacer nada (remisión espontánea).

La forma de saber si algo funciona para restablecer la salud no es realizar una prueba sobre una única persona, ni tampoco usar ese resultado como una prueba concluyente. La forma correcta es observar el resultado de tal tipo de prueba sobre muchas personas.

Pero aunque la idea es clara, en la historia de la medicina se cometieron muchos errores al interpretar que ciertas terapias funcionaban, cuando en la práctica no lo hacían o, peor aún, eran directamente perjudiciales.


Cuando los hombres de ciencia y de medicina comprendieron los errores que se cometían al evaluar la efectividad de las terapias, se vieron en la obligación de ir modificando la forma de probar que un tratamiento es efectivo. Este perfeccionamiento se fue llevando a cabo en etapas.

A continuación se enumeran estas etapas, aunque no reflejan necesariamente su orden histórico y algunas de ellas podrían traslaparse o ser contemporáneas.


Etapa cero: si tiene una “teoría” que lo justifique, entonces funciona


En la primera etapa de la medicina, la verdad es que el conocimiento acerca de cómo funcionaba realmente el cuerpo era rudimentario y limitado. En épocas antiguas tanto médicos como filósofos postulaban diferentes explicaciones de cuál era el origen de las enfermedades, y con ello, cuáles eran los caminos para sanarlas.

Con diferentes teorías en mente, los practicantes de la medicina probaban diferentes terapias sobre los enfermos, tales como las sangrías, que a la larga mataban a muchos pacientes por anemia e infecciones, o terapias tales como beber mercurio, que hoy sabemos es extremadamente tóxico, y así un largo etcétera.


¿Por qué los médicos aplicaban y seguían aplicando tratamientos que eran definitivamente inútiles y hasta perjudiciales? Porque a pesar de lo malo de los tratamientos, por causas siempre ajenas al propio tratamiento algunos pacientes de todas formas sanaban… y sus practicantes atribuían (erróneamente) que la recuperación era el resultado del tratamiento aplicado.


Etapa uno: si sana más que hacer nada, entonces funciona


En la medida que los conocimientos acerca del funcionamiento del cuerpo y sus sistemas fueron aumentando, y sumándose la profusión de los conocimientos de matemáticas y estadísticas en los distintos estamentos de la ciencia, fue claro que ciertos tratamientos de la “etapa cero” no funcionaban tan bien como se quisiera. Es más, muchos pacientes no mejoraban o seguían muriendo con ellos.

La pregunta clave en esta etapa fue: ¿Sanan más personas si aplicamos cierto tratamiento comparado a no hacer nada?

Para responder a esta pregunta, los científicos comenzaron a estudiar las tasas base de mortalidad y recuperación de las diferentes enfermedades, y llegaron a el siguiente razonamiento: si una terapia realmente funciona entonces si se aplica a un grupo de pacientes, en este grupo habrá una tasa de mortalidad menor (y una tasa de recuperación mayor) que lo que se obtendría de haber sometido a este grupo a ningún tratamiento.

Aplicando esta lógica fue como tratamientos como las sangrías o los medicamentos basados en metales pesados fueron abandonados ante la aplastante evidencia de que eran inútiles y dañinos, mientras que otros tratamientos basados en los nuevos conocimientos biológicos que sí mostraban funcionar mejor que hacer nada fueron adoptados masivamente, tal como los conceptos de vacunación y el uso de antibióticos.

Aunque esta etapa de la medicina fue una gran mejora sobre las etapas anteriores, aún tenía problemas serios. En ocasiones se veía que los pacientes parecían y manifestaban sentirse mejor con tratamientos que ahora se podía saber que no eran para nada eficaces. ¿Qué los estaba sanando entonces? ¿Estaban realmente sanando?


Etapa dos: un tratamiento funciona si es mejor que el placebo

Dado que muchos pacientes decían responder favorablemente a tratamientos que científica y estadísticamente se conocían que no funcionaban, la ciencia debió entender por qué esto estaba ocurriendo; la respuesta estaba en lo que ahora se denomina el “efecto placebo”.

El efecto placebo consiste en que un paciente que se somete a una terapia que le dé expectativas de sanar, y en especial donde recibe atención y preocupación por parte de un terapeuta, en general mostrará y manifestará sentirse mejor, y en la práctica su recuperación puede ser cuantitativamente más rápida, pero sólo por el hecho de saber que está bajo tratamiento, y lo más importante, sin importar si el tratamiento es efectivo o no.

El efecto placebo se da incluso si el tratamiento es administrado de manera que su efecto terapéutico sea nulo, como por ejemplo administrar una píldora que luzca idéntica a una real pero que carezca completamente de principio activo (medicamento), o aplicar inyecciones o intervenciones quirúrgicas donde no se administre o haga nada al paciente.

¿Por qué ocurre el efecto placebo? Es el propio cerebro del paciente quien ante la esperanza o la espectativa de estar recibiendo un tratamiento que “puede funcionar”, de pronto comienza a reportar que su estado de salud es mejor, o incluso su recuperación es definitivamente mejor, a pesar de estar recibiendo un tratamiento del todo inútil.

Cuando se descubrió este problema, se debió revisar la efectividad de muchas terapias que en la “etapa 1” habían mostrado tener eficacia, ya que en realidad los efectos benéficos reportados podían ser resultados del efecto placebo y no que el tratamiento fuera realmente efectivo.


La solución científica a esta problemática fue: al probar una terapia no sólo se debía probar y revisar los resultados del tratamiento en sí sobre un grupo de pacientes (el grupo experimental), sino que además debe compararse sus resultados estadísticos contra un grupo equivalente que no recibiera tratamiento pero que creyera que sí lo estaba haciendo debido a que el tratamiento “placebo” luciera idéntico al de la prueba, sin que aplicara nada a ellos. A este grupo hasta el día de hoy se le denomina “grupo de control por placebo”.


Siempre que alguien conoce de lo que es un grupo de control por placebo suele pensar que es inmoral aplicar un no-tratamiento sobre personas que están perdiendo la oportunidad de buscar otra alternativa terapéutica real. Este es un problema crítico, y siempre se toman los resguardos para intentar causar el menor daño a los pacientes. Pero el hecho es que este tipos de pruebas son cruciales, pues de no usar un grupo de control por placebo se corre el riesgo de dar por efectiva una terapia que puede tener ningún beneficio terapéutico real, y eso sí que puede causar daños en millares de personas, lo que justifica el uso de esta modalidad de pruebas.

Para que el grupo de control por placebo funcione, es necesario que los pacientes (o sujetos de prueba) no sepan en cual grupo están (si en el grupo experimental o en el grupo de placebo) pues de saberlo el propio paciente adecuará sus expectativas acorde a esta información, viciando la prueba.

Por ello con la introducción del grupo de control con placebo se introdujo el factor de prueba ciega: el paciente era “ciego” respecto del grupo al que pertencía durante la prueba.

Si un tratamiento logra ser estadísticamente superior a no recibir tratamiento y en especial estadísticamente superior al grupo de control por placebo, entonces se puede saber que el tratamiento es efectivo.

Sin embargo, aún en esta etapa habían ciertos tratamientos que algunos investigadores decían haber probado con grupos de control, y que ellos reportaban con resultados positivos, pero que cuando otros investigadores intentaban replicar sus resultados, los resultados eran totalmente negativo ¿Qué estaba pasando?


Etapa tres: uso de grupos aleatorios

El problema de replicabilidad de las pruebas de ciertos terapias implicó plantearse que algo estaba siendo pasado por alto, y que tal problema podía hacer ver que un tratamiento era efectivo en una prueba, mientras que la misma prueba llevada a cabo por grupos científicos independientes mostraban efectos mínimos o nulos.


Después de analizar cómo se estaban llevando a cabo las pruebas, se descubrió que muchas veces los investigadores no eran completamente neutrales respecto de la terapia que ellos estaban investigando: El éxito de una nueva terapia podía estar relacionado con su propio éxito profesional, en especial si eran ellos mismos quienes estaban postulando la eficacia de ese nuevo tratamiento.


Entonces, había un problema que las pruebas controladas por placebo y ciegas al paciente no lograban solucionar: Los investigadores podían influir artificialmente en los resultados de las pruebas al aplicar en forma consciente o inconsciente criterios diferentes a la hora de reclutar y seleccionar a las personas que pertenecerían al grupo experimental y al grupo de control. Por ejemplo, podían asignar personas que parecieran más sanas o más proclives a sanar al grupo experimental, y al revés, dejar a las personas más débiles o aparentemente con menos posibilidades de sanar en los grupos de control…

El resultado de este sesgo en el experimentador era que de pronto el grupo experimental lograba resutados significativamente mejores que los grupos de control, pero únicamente porque la selección de los grupos hacía que los grupos no fueran realmente equivalentes entre sí, y por lo tanto el grupo experimental contaba con más probabilidades de sanar y recuperarse aún si no se hubiera aplicado ningún tratamiento.

Y por ese motivo cuando otros científicos repetían las pruebas sin caer en este sesgo del experimentador, ciertos resultados previamente promisorios y aparentemente concluyentes simplemente se desvanecían.

Por ello, el procedimiento para poder probar si un tratamiento realmente funcionaba requirió de definir una nueva condición:

  1. Las personas que participarían como pacientes (o sujetos de prueba) debían ser seleccionados de manera que sus condiciones de edad, condición de salud, patologías asociadas, etc., no pudieran afectar el resultado de la prueba por ser lo más similares posible entre sí, de manera que la probabilidad de sanar fuera únicamente resultado de la eficacia (o no eficacia) del tratamiento sometido a prueba, y
  2. La asignación de los pacientes a cada uno de los grupos (experimental, control por placebo, control sin tratamiento) debía ser aleatoria, de manera que el experimentador no pudiera afectar el resultado con su elección.

Muchos tratamientos que antaño se consideraban exitosos probaron no ser realmente efectivos al someterse a pruebas con este nuevo criterio más exigente, y tuvieron que ser desechados.


Etapa cuatro: pruebas con doble ciego


La acumulación de conocimientos de cómo llevar a cabo las pruebas agrupadas en las etapas anteriores había mejorado ostensiblemente la calidad de las pruebas a los tratamientos médicos, pero aún había casos donde a pesar de usar grupos de control con placebo, ciegos al paciente y con asignación aleatoria de los pacientes a los diversos grupos, el resultado parecía depender de alguna forma del experimentador, pues diferentes pruebas experimentales conseguían resultados contradictorios al probar exactamente la misma terapia.


Los científicos terminaron por darse cuenta que si bien el hacer aleatoria la asignación de los pacientes a los distintos grupos de prueba reducía la distorsión de los resultados, si los experimentadores aún sabían a qué grupo pertenecía cada paciente, este conocimiento podía influir en la percepción de la efectividad del tratamiento en el paciente, induciendo nuevamente el efecto placebo, y con ello alterando los resultados.

Por ejemplo: si los experimentadores conocían que cierto paciente estaba recibiendo el tratamiento de prueba, las propias expectativas del experimentador respecto de la efectividad del tratamiento podía hacerles actuar de forma más animosa, más interesada en cómo se sentía el paciente, etc. haciendo que el paciente aumentara sus expectativas y por efecto placebo hacían que sus probabilidades de “sanar” aumentaran artificialmente. Y al revés, si el experimentador conocía que el paciente pertenecía al grupo de control por placebo, la apatía, desánimo o falta de atención del experimentador hacia el paciente podía influenciarlo negativamente de manera que sus probabilidades de “sanar” disminuían, todo esto en forma completamente independiente de la potencial efectividad del tratamiento, y por lo tanto viciando los resultados.


Otra forma en que el conocer el grupo al cual pertenece el paciente afecta a los experimentadores es que les permite caer en lo que se conoce como “sesgo de confirmación”: si el experimentador esta a priori convencido de la efectividad del tratamiento (ya sea que piense que funciona o que no), a la hora de evaluar los resultados o mediciones sobre un paciente que conocen pertenece al grupo experimental, pueden artificialmente asignar un resultado positivo a partir de una medición difícil de evaluar, y a la inversa, pueden asignar un resultado negativo de una medición confusa o discutible si de antemano ellos saben que ese paciente pertenece al grupo de control. Las propios prejuicios del experimentador pueden teñir la forma en que él evalúa los resultados experimentales, y por lo tanto pueden viciar la conclusión de la prueba.

La solución que la ciencia propuso a esta problemática es que se debe aislar lo más posible al experimentador de los resultados, de manera que ningún sesgo o influencia del experimentador y sus expectativas afecte o tiña el resultado de las pruebas, y esto se logra aplicando un esquema de doble ciego: tanto el paciente como los experimentadores deben ser ciegos respecto de a qué grupo el paciente (sujeto experimental) pertenece, durante la prueba y durante la evaluación de los resultados.

Sólo una vez que las pruebas terminan y cada uno de los resultados ya han sido analizados, recién se puede “descubrir” a que grupo pertenece cada paciente, y solamente si los resultados del (recién develado) grupo experimental son notoriamente superiores a los resultados del grupo de control, entonces se puede considerar que la terapia posee evidencia fidedigna de su efectividad.

Una mención importante es que las pruebas pueden ser incluso con triple-ciego: quien hace los análisis estadísticos y de relevancia de los datos tampoco conoce cuál es cada grupo, para evitar que en caso de un resultado “estrecho” se de por “vencedor” a alguno de los grupos sólo por los propios sesgos personales del científico que evalúa los resultados.


Pruebas con doble ciego, controladas y aleatorias: indispensables, pero no son la panacea


Si ha seguido el razonamiento hasta este punto, podrá entender que las pruebas controladas y aleatorias (con su sigla en inglés RCT, Randomized Controlled Trials) y con doble ciego (en su siglas en inglés, DB, Double Blinded) son las únicas que pueden dar confianza de que un resultado positivo en las pruebas tengan una correlación real con la efectividad de una terapia.


Pero usar el criterio de prueba RCT+DB no es la panacea: si bien este tipo de pruebas es el más alto estándar en experimentación, está lejos de ser infalible.


Muchas veces pruebas y estudios que dicen cumplir con todos los requisitos anteriores de RCT+DB en realidad tienen vicios metodológicos sutiles que las invalidan como un resultado confiable.


Por lo anterior, no basta con que haya estudios que digan que cierta terapia funciona basados en pruebas RCT+DB para clamar que tal tratamiento demostradamente funciona. Para confirmar que funciona se requiere que:

  • Los resultados sean estadísticamente significativos: la tasa de recuperación debe ser notablemente superior (con relevancia estadística) en el grupo experimental comparado con los grupos de control, pues si los resultados sólo muestran mejoras marginales, el nuevo tratamiento no aporta una opción realmente beneficiosa a los pacientes.
  • Los resultados de la prueba de esa terapia pasen por revisión de pares (peer review), es decir que otros grupos de científicos revisen la metodología y las condiciones experimentales descritas en el estudio para confirmar que la prueba estuvo libre de sesgos, y en especial
  • Se requiere que grupos de científicos independientemente puedan repetir los estudios y que estos lleguen a resultados similarmente positivos desde el punto de vista estadístico, pues en caso contrario es posible que los resultados positivos iniciales sean sólo un resultado espurio producto de algún vicio o sesgo sutil en que cayeron los experimentadores originales.

Un caso paradigmático de este problema es el caso del estudio de la memoria del agua: en 1988 el respetado investigador y científico Jacques Benveniste (1935-2004) publicó un trabajo en la revista Nature, donde daba a conocer que la disolución a niveles homeopaticos de un antígeno anti-IgE de alguna manera era recordado por la disolución, y producía efectos completamente observables y medibles en cultivos de células, de esta manera dando una posibilidad “científica” para un mecanismo de acción por el cual la homeopatía podía funcionar. Esto fue un puzzle para los científicos hasta que un equipo de científicos, entre los cuales también participó el famoso ilusionista y escéptico James Randi, demostró con la propia ayuda Benveniste y su equipo que si se seguía un procedimiento que asegurara el doble ciego en los protocolos de prueba, los resultados positivos originales de Benveniste desaparecían en forma dramática. Esta falla en pasar una prueba realmente con doble ciego demostró que el efecto de la memoria del agua supuestamente descubierto por Benveniste era únicamente un sesgo de los experimentadores, lo cual destruyó el prestigio de Benveniste ante la comunidad científica por cuanto él se rehusó en reconocer este grave error.

En ciencia el prestigio importa siempre menos que la evidencia, y a veces hasta los “grandes” pueden comenter errores fatales.


La historia de Jacques Benveniste es magistralmente relatada y mostrada en el documental de “Horizons” de BBC (2002), del cual se proporcinan los enlaces para que puedan verlo al final de este artículo.


Las medicinas alternativas y complementarias ¿En qué etapa están?


Con todo lo que se ha expuesto, cuando los practicantes y promotores de la medicina alternativa y complementaria (MAC) dicen que sus tratamientos sí funcionan, ¿Bajo qué criterios lo hacen?


Cabe hacer notar que las etapas anteriormente descritas nada tienen que ver con la “naturaleza” de la medicina en cuestión, ya sea convencional o MAC, oriental u occidental, milenaria o moderna; El hecho es que si una terapia, tratamiento o medicamento realmente funciona, sus efectos positivos deben ser perfectamente observables en las pruebas RCT+DB, y si no son efectivas sus efectos serán similares al grupo de control por placebo.


Lo más triste es que muchos practicantes, promotores y adherentes a las MAC reniegan de las pruebas RCT+DB; ellos alegan que tales pruebas sólo son necesarias para la medicina convencional o científica, y que las MAC pueden ser demostrados exitosos sin la necesidad de RCT+DB. Quienes afirman esto no se dan cuenta que lo que afirman hace retroceder a las MAC al mismo nivel obsoleto de la ciencia de hace cientos de años, y que por lo tanto las MAC no pueden ser confiables en el mundo de hoy.

Por otro lado, ciertas MAC poco a poco han ido ganando cierto terreno cuando sus promotores y practicantes no son simples charlatanes sin conocimientos, sino que son médicos o especialistas en medicina que han ido abrazando y dándole validez a la MAC gracias a su propio prestigio personal y al de las instituciones donde ellos trabajan. Pero tales personas a lo más aducen que estas prácticas funcionan basados en pruebas que en las categorías de este artículo serían de tipo 1 y 2 (funcionan mejor que el placebo, pero sin observar ni prevenir los sesgos experimentales). Lo anterior es grave y muestra una gran falta de cultura científica de los cultores de las MAC, pues ellos simplemente ignoran o menosprecian el hecho de que las MAC que ellos promueven fallan cuando son sometidas a estudios serios de RCT+DB, y que la evidencia científica de mejor calidad se apila en su contra.


Conclusión


En este artículo se ha explicado no sólo que son los estudios controlados, aleatorios y con doble ciego (RCT+DB) desde un punto de vista práctico, sino también se explica las razones de fondo por las cuales la medicina convencional y científica considera a los RCT+DB un estándar mínimo (pero no absoluto) para determinar que una terapia, tratamiento o medicamento realmente funciona.

Las medicinas alternativas y complementarias (MAC) no son ajenas al problema de probar y demostrar su efectividad y eficacia. Cualquier terapia conocida o por conocer debe superar pruebas serias si pretende demostrar que son una alternativa segura, viable, confiable, y especialmente, que realmente funciona a la hora de restaurar la salud de los pacientes. Las medicinas alternativas deben pasar por ensayos clínicos tal como lo hicieron en su momento medicamentos hoy tan comunes como la aspirina o el paracetamol.


De hecho cuando una MAC supera exitósamente un ensayo clínico entonces deja de llamarse “medicina alternativa” y pasa a ser simplemente “medicina”, incorporándose al conjunto global del la medicina científica, con la confianza que da resultados probados.


Quienes promueven las MAC intentando ignorar o menospreciar el valor de los RCT+DB no están promoviendo o ayudando a que las MAC prueben su valor, sino que al contrario ponen en riesgo al público y a sus pacientes que pueden terminar recibiendo terapias y tratamientos de dudosa efectividad y que a la larga puede retardar el acceso a la medicina tradicional, que si bien no puede declarar 100% de efectividad, al menos tiene un registro de pruebas confiables que brinda una posibilidad real y conocida de curación.

Mientras que las MAC fallen en demostrar su eficacia en las RCT+DB únicamente son una distracción y desperdicio de tiempo y de recursos de pacientes que muchas veces se juegan la vida intentando buscar una curación, en especial cuando la mejor evidencia científica muestra que MAC no pueden brindar tal resultado.

Queda en manos de los cultores y promotores de las MAC el probar el verdadero valor de sus terapias, y sería maravilloso que con conceptos simples, universales y accesibles todos nosotros podamos recuperar nuestra salud y bienestar en forma fácil y segura, tal como los promotores y adherentes de las MAC difunden. Pero mientras ellos no demuestren la eficacia de las MAC, el suponer que las terapias, tratamientos y medicamentos de las MAC funcionan es jugar con la vida de sus pacientes.


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Videos de Horizon respecto de la Homeopatía, la memoria del agua y la caída del investigador Jacques Benveniste. Gracias, Millaray, por apuntarnos a este documental: