¿Jesús estaría entre nosotros?

por | 11 octubre, 2010


Por Luchostein

El Domicilio de Jesús

La milenaria promesa se habría cumplido, ¡basta de seguir esperando! El momento es ahora, en nuestros tiempos. Por fin seremos redimidos de nuestros pecados y librados del mal. Salgamos a la calle con nuestro pastor a escuchar los coros celestiales. Estaría entre nosotros, para gloria del resto del mundo, en nuestro mismísimo Chile amado; Santiago Centro, para ser precisos, pues Santiago es Chile.

Aquí, entre los noventeros pregoneros que vendían dólares a capela y semicírculos de gente en torno a algún payaso, entre transeúntes de paso apresurado y sobrio terno; aquí, en nuestro Paseo Ahumada, a la altura del 312, a sólo una cuadra de nuestra Plaza de Armas, siempre tan cerca de nuestra Catedral Metropolitana de Santiago.

¿Qué esperas? ¡Exige a tu Salvador! Es un dato de la causa, una certeza jurídica, un incontrovertible hecho aceptado como cierto por algún juez de nuestro Poder Judicial. No dudes, ¡ten fe!. Confías en nuestra Justicia y en el Estado de Derecho que hemos construido. En nuestras causas judiciales, investigadas con el debido rigor que prestigia a nuestro sistema, ahí en donde se establece la verdad que define nuestra inocencia o culpabilidad, la verdad de su domicilio ha sido establecida. Tienes fe, ¡no dudes!

En algún piso de ese edificio deberíamos poder encontrar cuentas de luz y de agua a su Nombre; quizás hasta el estado de cuenta de alguna tarjeta de crédito de alguna casa comercial cobrando unas sandalias.

De seguro el cartero recibirá su hostia diaria de primera mano. ¡Tantos años ha dejado pasar y nosotros seguíamos esperándole! Dejen de ir a entregar vuestras ofrendas al Templo; en cambio, encárguenselas a los conserjes del edificio.

Ya en 1997 se intentó exhibir en nuestro país una película acerca suyo que nos habría hecho sentir ofendidos a sus fieles seguidores. Nuestra madura Democracia, a través del CNTV, supo defender nuestros sensibles oídos e irritables ojos contra una blasfemia, pero tal intento no fue la Última Tentación de nuestros medios y, ahora, Chilevisión nos vuelve a ofender con un programa humorístico, el Club de la Comedia.

La ofensa se habría repetido contra Jesús, a quien el estudio de abogados representante habría domiciliado en Ahumada 312, mientras se encontrase aburrido sintonizando esa transmisión durante el horario adulto de nuestra programación televisiva nacional, aportándoles escuálida sintonía con su People Meter. Enseñándonos cómo debemos entender el Derecho Humano a la Libertad de Expresión, el CNTV ha vuelto a enfrentar la blasfemia en defensa de nuestra ofensa.

Ciudadano ofendido

En nuestra ofensible sociedad, hay más blasfemias que me ofenden y ruego por alguna institución equivalente al CNTV que me defienda, pues:

Me ofende que se dé por sentada la existencia legal de un personaje cuya evidencia de existencia histórica sea escasísima y altamente controversial.

Me ofende el uso de vericuetos legales para establecer verdades jurídicas flagrantemente contrapuestas con la realidad.

Me ofende que haya jueces de nuestra República que acepten verdades jurídicas así torcidas, degradando la confianza que los ciudadanos honestos podamos tener en un debido proceso, con el consiguiente mal favor que se le hace a nuestro Estado de Derecho y a nuestra Democracia.

Me ofende que se coarte la Libertad de Expresión, en este caso, en su forma de expresión humorística, atentándose contra la misma Libertad que permite a los fieles la expresión de su culto; habiéndose hecho referencia a personajes e ideas, sin haber atentado nunca directamente contra persona física alguna.

Me ofende que se instrumentalice nuestro sistema judicial laico para coercionar a quienes se expresen en coherencia con su discrepancia respecto de quienes creen en otros mitos y otros seres eventualmente imaginarios distintos a los propios.

Me ofende que se argumente mayoría para blindar a un credo de la sátira, como si le significase mayor derecho que a otro minoritario, escondiendo falazmente que, en realidad, ambos son igualmente susceptibles de ser objeto de la expresión de quienes no lo compartan.

Me ofende que nuestra institucionalidad pública de salud y educación sean sistemáticamente coartadas en respuesta a credos y supersticiones por grupos de influencia paralelos a los canales regulares, con las medibles consecuencias negativas que terminan afectando a nuestra sociedad como resultado y con la flagrante injusticia que significa para quienes no participan del mismo rebaño.

Me ofende que el criterio de defensa de un credo no sea extensible a todos los credos posibles, invalidándose la ofensa como argumento de defensa para aquellos creyentes en deidades humorísticas para las que la burla y la mofa sean legítimas expresiones de alabanza, cuales oraciones, considerándose la risa como un valor trascendental y la parquedad como un pecado mortal.

Si, además, me ofendiese que los demás se sintiesen ofendidos al expresarme contrario a sus creencias y supersticiones, ¿a cuántas cuadras de la Catedral necesitaría domiciliarme un abogado para que algún CNTV me defienda ante algún juez de la República?

Luchostein