Supersticiones morales

por | 20 Julio, 2017

Hace unos días me tocó ir al funeral de una persona conocida y apreciada pero no tan cercana como para impedir que mi mente divagara y recabara información y conjeturas acerca de los rituales asociados a la muerte. Por primera vez vi el interior de una tumba múltiple, con ataúdes apilados uno sobre otro, y por primera vez me intrigué por la falta de olor a putrefacción esperable de una tumba abierta. Cuando nos retirábamos de la breve ceremonia, mis acompañantes recordaron que sus padres están enterrados en el mismo cementerio, muy cerca del lugar donde nos encontrábamos. Como yo estaba a cargo del volante, pregunté con genuina cortesía si querían pasar a ver la tumba antes de irnos. La sugerencia no fue bienvenida. Siendo poco asiduo a los cementerios y poco versado en las normas protocolares de las relaciones con los muertos, me sorprendió entrever que estaba traspasando un tabú hasta entonces desconocido. “No es bueno ir a ver a un muertito cuando se viene a enterrar a otro”. Con mi habitual falta de tacto, no encontré mejor manera de buscar profundizar en el tema que mediante el sarcasmo. “¿Por qué no? ¿Se ponen celosos?” No logré más respuesta que una sucinta afirmación tautológica: “porque es malo” y la mirada reprobatoria que se dedica al niño que plantea preguntas impertinentes. Evidentemente molestó tanto la sorna con que recibí este gran trozo de conocimiento que se me proporcionaba como el escepticismo de que los muertos puedan sentir celos o cualquier otra emoción. No intenté seguir en la línea de discusión sabiendo que me sería muy difícil obtener precisiones sin pasar a llevar innecesariamente las creencias en lo sobrenatural.

Pero no pude evitar seguir el diálogo en mi cabeza. ¿Qué quieren decir con que es malo? ¿Qué tipo de malas consecuencias podría tener pasar a ver la tumba de otra persona? ¿Produciría alguna forma de mala suerte para los vivos o algún inconveniente para el descanso del alma de los muertos? ¿O es intrínsecamente malo aunque no haya consecuencias apreciables? Lo primero me parece absurdo y lo segundo incomprensible. Sin embargo, puedo vislumbrar razones de otro tipo. Aún sin compartir los elementos sobrenaturales de la recomendación, puedo imaginar perfectamente que la economía de los tiempos no sea el único criterio para decidir las etapas de un recorrido en el cementerio. Puedo imaginar, por ejemplo, que la disposición mental y emocional al despedir a un fallecido no necesariamente coincida con la mejor actitud de recuerdo y diálogo interior que suscita la visita de la tumba de un ser querido muerto hace largo tiempo. Pero lo que se me ofrecía no eran razones de conveniencia o preferencia, sino imperativos morales en la forma de tabúes que en mi cabeza se traducían en supersticiones absurdas.

Es posible que, de haber continuado el diálogo sin pisar las minas antipersonales de la ofensa a las creencias sobrenaturales, hubiéramos llegado a una conclusión terrenal aceptable de las razones por las que es preferible no mezclar los propósitos de una visita al cementerio. Pero todo ello hubiera requerido un esfuerzo de comunicación significativo, que tomaría tiempo y solo sería posible si las dos partes mantienen la precaución de no quedar empantanados en las trampas de la definición de conceptos. Mucho más económico y fácil es transmitir sólo la esencia del precepto en forma de un imperativo, so pena de consecuencias indeterminadas.

¿Será posible que otras supersticiones clásicas sean advertencias destiladas en una gota única de conocimiento, fácilmente transmisible? ¿Será que la mala suerte de pasar bajo una escalera sea más convincente que la larga lista de posibilidades de lo que puede caer de lo alto?

Todo esto me recuerda una reflexión anterior respecto de los mandatos religiosos que, aunque puedan haber tenido razones válidas en sus orígenes, se transmiten por economía y eficacia simplemente como órdenes de la deidad, “porque así lo ordeno y punto”. Pienso por ejemplo en la prohibición a los judíos de comer carne de cerdo, que he escuchado explicada en términos pragmáticos como una medida sanitaria ante la posibilidad de adquirir triquinosis. O la inconveniencia de consumir mariscos que fácilmente se pueden transformar en tóxicos en el calor del Oriente Medio. Estas razonables medidas profilácticas se transmiten más eficientemente como una escueta e incuestionable norma religiosa que como una larga explicación razonada, sujeta a potenciales errores de transmisión. El problema de esta estrategia es que la economía de transmisión sacrifica el fundamento de la norma e imposibilita su modificación. Mal que mal, judíos y musulmanes siguen sin consumir cerdo pese a que hoy comprendemos la biología de los parásitos y la refrigeración está disponible en muchos lugares.

La moral religiosa en su conjunto puede responder a esta misma lógica de economía de transmisión. Los mandamientos divinos son una forma compacta de normas cuyos fundamentos son extensos y complejos. El mensaje de mantener una buena conducta hacia los semejantes porque un dios así lo ordena tiene muchas más posibilidades de ser escuchado, recordado y respetado que una compleja disquisición acerca de la convivencia humana. Desafortunadamente, el precio a pagar es convertir a las normas en absolutas y difícilmente modificables.

Por supuesto que existen las leyes terrenales como equivalente secular de los preceptos divinos con los que decidimos regir nuestras sociedades. Pero los códigos jurídicos tienen desventajas meméticas significativas. En primer lugar porque, al ser construcciones abiertamente humanas, la conveniencia o rectitud de las leyes es cuestionable, no tienen acceso a la categoría deontológica de las leyes divinas. La autoridad del legislador como agente entendido y bien intencionado en la materia es apenas un pálido sustituto de la absoluta sabiduría de un ser omnisciente y todo benevolencia. En segundo lugar, porque existe una probabilidad de escapar al castigo ante la infracción de las leyes seculares, no así de las divinas. Como mecanismo de legitimación de las leyes solo queda el convencimiento personal de que las normas son buenas y justas. Esto es solo posible de lograr si se reflexiona acerca de ellas, pero la fracción de la sociedad que puede dedicar el tiempo y esfuerzo intelectual para llegar a ese convencimiento es mínima. El complejo cuerpo de leyes y normas que rigen una sociedad requiere de un gremio profesional dedicado exclusivamente a su interpretación y aplicación; escasamente se podría esperar que la sociedad en su conjunto conozca, comprenda y, a partir de ahí, respete la ley en lugar de solo obedecerla. En contraparte, el mismo hecho de que las normas seculares sean imperfectas y de factura humana permite que éstas sean modificadas, perfeccionadas o derechamente abandonadas. Es posible para los individuos en sociedades democráticas involucrarse en el proceso de legislación para producir normas justas, y la lucha social puede terminar con las injustas; la legislación divina es inapelable.

Es frecuente que creyentes y apologistas afirmen que las normas morales de la religión sirven de fundamento al ordenamiento secular de las sociedades. Y de alguna manera es posible que así sea, pero no porque las normas de supuesto origen divino sean intrínsecamente mejores, más justas y sabias; normalmente no lo son. Lo que hace a las normas religiosas tan extendidas es su modo de transmisión, en forma de compactos memes de imperativos incuestionables. Un recurso que, desgraciadamente, no está al alcance de un racionalista consecuente.

  • Clau Andrea

    No estoy segura si lo que diré pinta con el artículo, yo creo que sí, pero lo digo por si me voy por las ramas. Creo que se comete un error acá, que es no tener en cuenta los ritos sociales. Partes con el rito más humano de todos: el funeral, si bien yo no tenía idea de esa superstición no me parece que le haga mal a la sociedad, ni que sea cuestionable bajo la forma del rito de ir a un cementerio. Los rituales y aquellas supersticiones que tienen que ver con algo tan doloroso como perder a un familiar aplacan nuestra y dan un sentido a nuestra tristeza. No estoy muy segura que ver a dos muertos al mismo tiempo sea creer en lo sobrenatural como si fueran fantasmas, a verdad es que ni idea del por qué nació el rito. Pero al punto que voy es ¿qué hay de malo tener una “creencia” social, incluso folclórica?. Estoy convencida que no le hace daño al pensamiento escéptico y aporta a esa cosa folclórica que tiene la muerte. Por otro lado, sigue con los rituales que en un principio fueron políticas de salud pública y que luego que transformaron en ritos religiosos -como el de los judíos de no comer cerdo-. Con respecto a esto me pregunto ¿y? Cuál es el problema que su religión no permita aquello. Con esto quiero decir que como escépticos (me incluyo) a veces caemos en la estigmatización y el prejuicio contra las religiones o ritos sociales (como la navidad). Evidentemente nunca estaré de acuerdo con las guerras en nombre de dios, como tampoco estaré de acuerdo con guerras por la libertad o contra el terrorismo. Pero creo que como laicos y ateos debemos defender aquellas libertades de cultos, siempre salvaguardando el bien común. Esa es mi reflexión, si te mal entendí en algún punto espero que me corrijas.

    Saludos

    • Hola Clau.

      ¿Y? Tienes razón en cuanto a que hay rituales que, si bien su lógica o razón inicial se pueden haber perdido en el tiempo, el seguirlos o respetarlos no hace, en principio, mal a nadie. En particular, no creo que se ponga en riesgo la vida de ningún muerto si es que vas solo a verlo a él cuando lo sepultan. Pero tampoco creo que se la ponga en riesgo si pasas a ver “al resto de la familia”.

      Entonces ¿qué hay de malo de tener una “creencia” social, incluso folclórica? Tampoco en principio nada, excepto que si no hay razones de peso para respetarlas o cumplirlas, puede darse el caso donde quienes irracionalmente las siguen tomen malas decisiones que los afecten a ellos, a sus familias o a su sociedad, por el hecho que la mejor decisión hubiera sido _no respertar_ tal creencia en algún caso particular. Como que en el caso de una hambruna muera gente de hambre por falta de alimento a pesar que _podrían_ haberse alimentado de cerdo…

      Pienso que en última instancia la anécdota relatada por mi tocayo puede ser pueril e irrelevante, pero lo que importa en mi opinión es el problema de fondo: como la sociedad acepta o intenta imponer ciertas conductas (como “no debes ir a visitar a otro muerto en este instante porque… sí”) por ninguna razón de peso.

      Por ello, está bien conocer, respetar y hasta cumplir con ciertas “creencias sociales”, pero como todo en la vida, deberían ser cuestionadas, y si dado el momento son perjudiciales o inconvenientes, la persona atenta debería saber ignorarlas o no cumplirlas, y no respetarlas como un tabú de origen desconocido e irracional.

      • Clau Andrea

        La verdad es que estoy de acuerdo con el problema estructural que planteas. Como lo que es evitar una hambruna o salvar la vida de algún evangélico al donarle sangre (estos no aceptan la transfusión). Pero en mi opinión, quizá el ejemplo del cementerio es desafortunado. Es evidente que al muerto no le pasará nada y a la familia tampoco por no cumplir una creencia. Pero, personalmente (recalco el personal) no me causaría problema “no cuestionar” la decisión de no ir a ver a otro muerto si un amigo me lo dice. Pero claro, sí me causaría problema que por motivos religiosos y de creencia se opusieran al aborto, ahí sí que cuestionaría su creencia. Estoy de acuerdo que por las creencias podemos tomar malas decisiones. Como ese afán de los candidatos a la presidencia de gobernar con la creencia y esperanza. Pues eso, mi conflicto es más con el ejemplo que con el cuestionar la imposición de creencias que no toman en cuenta el bien común. Creo (es graciosos usar esta palabra) que hay que cuestionar siempre y poder filtrar respecto a esas creencias que es lo mismo que expusiste al final de tu comentario. A fin de cuestas, al parecer, estamos de acuerdo

        Saludos!!

        • Carlos Castañeda Álvarez

          Yo veo que la anécdota con que se empieza el artículo es una introducción al tema.

          Ahora, si alguien prefiere no ir a la sepultura de un familiar después del entierro de otro, está en su derecho. Si hay una creencia supersticiosa como motivo para ello, no respeto eso, es absurdo. Sólo se respeta a la persona.

          Del mismo, si yo incumplo con esa costumbre social no debe tomarlo mal la gente. Es mi vida.

          Un saludo.

  • Roberto Aguirre Maturana

    Tampoco había oído hablar de esta costumbre, al menos yo cuando las circunstancias lo permiten paso a echar una mirada a las tumbas de mis abuelitos cuando estoy en un entierro (que a mis tiernos 44 años es cada vez más seguido). Quizás simplemente se le considera de mala educación o desconsiderado, algo así como abandonar la ceremonia de matrimonio de un amigo por ir al aniversario de matrimonio de otro.

  • Carlos Castañeda Álvarez

    Hola:

    Parece que lo leí en “El espejismo de Dios”, que no existen creencias o supersticiones generadas dentro de una comunidad que atenten contra la supervivencia de ésta.

    Originalmente son prácticas, para evitar daño físico o incluso para manipular a la mayoría por quienes tienen poder dentro de ésta.

    Desde el nacimiento de la ciencia tomando el lugar de la filosofía en la comprensión de la naturaleza y a su vez ésta ocupando el lugar de la mitología hemos buscado explicar el mundo que nos rodea. Ahora los que nos guiamos por la razón, sabemos que de acuerdo a la situación en la que nos encontremos es como vamos a aplicar el conocimiento con el fin de vivir mejor.

    Felicitaciones por el artículo, me ha llevado a la reflexión.

    Un saludo.

  • Recuerdo haber leído o escuchado en alguna parte (tristemente no recuerdo la fuente) la hipótesis de que muchas supersticiones se originaron como un modo de proteger a alguien de daño usando un tabú, en el interés de quien hecho a correr el meme.

    En ese sentido, no es que sea mala suerte para quien pasa bajo la escalera (la interpretación usual), sino que si alguien pasa debajo de ella y pasa a llevarla, la caída y el accidente para quien está arriba en su punta puede ser hasta fatal. ¿Cómo evitas que la gente entonces pase por debajo de ella, poniendo en riesgo a quien está arriba? Inventando un dogma/tabú/superstición de que es mala suerte…

    Visto desde ese punto de vista, muchas otras supersticiones como botar la sal o romper un espejo trae mala suerte o peleas se explican por la razón de que ambas cosas (sal y espejos) eran extremadamente escasos y costosos en el pasado, así que bien valía la pena la amenaza de la “mala suerte” para que los distraídos se preocuparan de poner la necesaria atención al manipularlos…

    Con ello, muchas supersticiones serían una forma codificada de memes que convienen (o convenían) a alguien que podría verse afectado (o en riesgo) en caso de no seguir el precepto detrás del tabú o superstición. Tal vez para descubrir la raíz de ellas, hay que seguir la máxima del latinazgo “Cui bono” (¿quién se beneficia?).